El retorno del triángulo estratégico
JUAN IGNACIO BRITO Profesor Facultad de Comunicación e investigador del Centro Signos de la u. Andes
El nuevo escenario internacional obliga a revisitar viejos conceptos que muchos creían desechados y arrojados al basurero de la historia. La forma en que se están dando las relaciones entre las tres principales potencias globales –Estados Unidos, China y Rusia– conduce a reestudiar una configuración que se usó con asiduidad en la década de 1970 y que ahora vuelve a cobrar relevancia: el triángulo estratégico.
La visita del Presidente Richard Nixon a China en 1972 abrió una dimensión distinta en los vínculos entre las superpotencias de la Guerra Fría. Al equilibrio bipolar entre la Unión Soviética y Estados Unidos se sumó un tercer actor con menos poder, pero cuya importancia geopolítica y capacidad militar no podían ser ignoradas: China. Las relaciones pasaron a ser trilaterales: al actuar uno respecto de otro, no podía dejar de considerar el efecto que ello tendría en su relación con el tercero y la manera en que afectaría los vínculos entre este y el segundo. Se conformaba así el triángulo estratégico.
“EEUU necesita acercarse a Rusia, la potencia más débil de las tres y, por tanto, la más dispuesta a ser tentada con alguna oferta. Trump comprende que, en el mediano plazo, China es un rival más peligroso que Rusia”.
El colapso soviético y la subsecuente unipolaridad hicieron que el concepto cayera en desuso y fuera olvidado. Hoy, sin embargo, recobra vigor. Es obviamente visible en el acercamiento ruso-chino, una tendencia que viene desde hace años, pero que la guerra en Ucrania consolidó. Es imposible no advertir que, al solidarizar con Moscú, Pekín tiene un ojo puesto en Washington. Sus vínculos bilaterales con Rusia involucran, en realidad, a un tercero: Estados Unidos. La relación es trilateral.
La corriente de simpatía que existe entre Donald Trump y Vladimir Putin parece augurar un deshielo en las relaciones ruso-americanas. Todo dependerá, por supuesto, de cómo se dé el avance del diálogo para concluir la guerra en Ucrania, pero los halagos que a menudo intercambian ambos Presidentes son una muestra de un acercamiento incipiente. China observa con atención.
Siguiendo la configuración del triángulo estratégico descrita por Lowell Dittmer en 1981, basada en la Teoría de Juegos, puede afirmarse que Estados Unidos ocupa hoy la posición más desventajosa de todas. Es el “paria” que se lleva mal con las dos “alas”, mientras estas se entienden entre sí. Para mejorar su ubicación dentro del triángulo, Washington necesita acercarse a Rusia, que es la potencia más débil de las tres y, por lo tanto, la más dispuesta a ser tentada con alguna oferta. Trump comprende que, en el mediano plazo, China es un rival más peligroso que Rusia, por lo que le serviría aproximarse a Moscú para fortalecerse en la lucha geopolítica con China. Putin, por su parte, sabe que su amistad es codiciada y se deja querer, pues puede sacar ventaja de las pretensiones de las otras dos superpotencias.
En la pretensión norteamericana por Groenlandia puede verse un interés de Estados Unidos por colaborar con Rusia en desmedro de China. Controlar la gigantesca isla atlántica abriría la posibilidad de una cooperación ruso-americana en el Ártico, cuestión que Putin ha valorado. Por eso el comentarista francés Philippe Gélie ha hablado de “Yalta en los hielos”, preguntándose si no se aproxima un nuevo acuerdo en el que “Moscú y Washington se reparten zonas de influencia en el Ártico y dan un golpe contra China”.
Las dinámicas del triángulo estratégico hacen que esta sea una configuración muy fluida. Las relaciones de a tres son incómodas, peligrosas y a menudo involucran traiciones. Por eso, los miembros del triángulo deben estar atentos. Amanece un nuevo mundo donde quien pestañea, pierde.