Quiebre del orden comercial internacional
Desafiando los postulados básicos de la teoría económica así como la evidencia empírica acumulada desde tiempos inmemoriales, la nueva política comercial anunciada por el Presidente Donald Trump marca un giro copernicano en lo que había venido siendo la postura de Estados Unidos desde la posguerra. Firme defensor del libre comercio como fuente de progreso para el mundo, al punto de contribuir primero a la creación del GATT y luego de la Organización Mundial de Comercio (OMC) como guardián e impulsor de la apertura comercial, los anuncios realizados marcan un retroceso sin precedentes.
El establecimiento de una tasa arancelaria base de 10% de aplicación general, complementado por la imposición de gravámenes adicionales a un importante grupo de países siguiendo la errada lógica de la “reciprocidad arancelaria” -entre ellos China con 34%, que se sumaría al 20% anunciado previamente, la Unión Europea con 20% y Japón con 24%, entre muchos otros-, obviamente va a destruir valiosas cadenas de valor que se habían logrado construir a través de los años, las que estaban beneficiando a consumidores de todo el mundo al permitirles acceder a múltiples productos en condiciones de precio muy favorables.
Naturalmente, los principales afectados serán los propios consumidores estadounidenses, quienes deberán pagar mayores precios por los productos, y si ello da o no origen a un nuevo impulso inflacionario va a depender de si en definitiva se trata de un alza de precios por una sola vez o de si se va a encadenar un proceso más permanente, esperándose que prevalezca lo primero.
En el caso de Chile, nuestro país se verá afectado en forma directa por la tasa arancelaria general de 10% que se va a aplicar y, por tanto, nuestras exportaciones a Estados Unidos se van a encarecer, lo que indiscutiblemente se traducirá en una pérdida de competitividad, a pesar de que otros países se verán más afectados.
Y adicionalmente la economía chilena va a sufrir los efectos de una menor demanda por nuestros productos en tanto disminuya el dinamismo de los principales socios comerciales de Chile, lo cual obviamente podría golpear a varios sectores donde el país posee ventajas, con efectos negativos evidentes sobre la inversión y el empleo, y por ende sobre el crecimiento.
La clave para superar este trance consiste en continuar impulsando el desarrollo de las exportaciones, motor fundamental de nuestro crecimiento futuro. Urge, pues, seguir profundizando nuestra integración comercial con el resto del mundo buscando nuevos destinos para nuestras exportaciones, siendo el caso de la India un candidato que ofrece inmejorables oportunidades. La visita que el presidente Boric está realizando a ese país junto a una nutrida delegación abre un espacio natural que se debe aprovechar y sobre el cual se debe actuar con sentido de urgencia.
En el caso particular del cobre y de la madera, si bien en esta oportunidad quedaron excluidos de un gravamen, están pendientes los resultados de un estudio que se encargó en Estados Unidos para cuantificar el grado en que disposiciones regulatorias que se aplican en Chile podrían o no ser constitutivas de una protección especial que a juicio de la administración Trump ameritara el establecimiento de un arancel compensatorio, materia que debería quedar resuelta en los próximos meses.
En las semanas que vienen se deberán desplegar los mayores esfuerzos para intentar una reconsideración de los gravámenes impuestos a las exportaciones chilenas demostrando con criterios técnicos la falacia de lo resuelto por la administración Trump.
La diplomacia está llamada a jugar un rol fundamental en esta tarea, trabajando en conjunto con organizaciones gremiales, de la sociedad civil y con las empresas potencialmente afectadas. La clave va a ser mostrar coherencia y unidad de propósitos, conducido todo esto por personas con oficio en el tema y a través de los canales regulares. Los exabruptos del Primer Mandatario en India no contribuyen a mejorar el clima que se requiere para resguardar la posición de Chile. Calificar a Trump de “pretender ser un nuevo emperador” puede generar rédito comunicacional interno, pero en el terreno de las relaciones económicas internacionales se traduce en ruido innecesario y pérdida de margen de maniobra. Cuando los intereses comerciales están en juego, la prioridad debiera ser construir puentes, no dinamitarlos. Más que interpelar, lo que hoy se requiere es persuadir.