Un conocido me para en la calle y dice: “¿Por qué tanta vaguedad en la Concertación con lo del programa cuando allá en París lo dejaron muy claro esta semana?”. Y me muestra un recorte de prensa internacional:
“Crecimiento, empleo, medio ambiente y lucha contra las desigualdades, éstas son nuestras cuatro prioridades”, afirmó Hollande en su discurso. El presidente francés quiso enviar “un mensaje de esperanza a un mundo que duda y se repliega”.
Durante la última semana tuvo lugar en París el “Foro del progreso social”, inaugurado por los presidentes de Francia, François Hollande, y de Brasil, Dilma Rousseff. Ambos -junto a altas figuras de la política, la academia y los organismos internacionales- llegaron allí para “reinstalar el crecimiento en el centro del debate público mundial”. Entre los asistentes al evento se encontraron Nicholas Stern, profesor de la London School of Economics, Kemal Dervis, vicepresidente de Brookings Institution, y Wellington Chibebe, secretario general adjunto de la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales, quienes fueron los autores de los informes presentados en el foro. Además, el ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva y Lionel Jospin, fueron los encargados de concluir el evento, sintetizando sus ideas esenciales.
Uno sabe que aquí en Chile no faltará quién diga: “más de lo mismo”. Pero todo aquello derivado de la crisis mundial iniciada en 2008 y aún sin salida, hacen que esas visiones políticas encuentren eco amplio y profundo. No es poco que ahora el diálogo sea entre un Brasil que avanza en una buena época de la economía en América Latina, junto al éxito de sus políticas sociales, y una Francia que está en medio de una Europa todavía sin rumbo y sin políticas comunes de corto y largo plazo.
Las afirmaciones de ambos gobernantes fueron claras. Según Dilma, “los proyectos que se basen exclusivamente en la austeridad llevarán al fracaso a los países que sigan esas vías”. Hablaron de defender la inversión en educación y la calidad de la misma, porque “es el mejor camino para reducir la desigualdad”. Por cierto, la mandataria de Brasil, a partir de las experiencias con el FMI en el pasado, pudo decir que rechazaban las políticas recesivas porque en América Latina habían demostrado su fracaso.
Hollande, a su vez, remarcó algo que para Chile es experiencia conocida: los presupuestos deben aplicarse con seriedad, pero sin austeridad, sin regresión social. Y con ello reiteró lo que ya viene diciendo en diversos foros internacionales: el mundo debe avanzar a una gobernanza común en lo económico y social.
En esencia, estamos buscando crear un orden para el siglo XXI. Y allí las polarizaciones extremas no dan la respuesta, porque el corazón de las estrategias no está en responder a la pregunta ¿cómo está la economía?, sino en dar respuestas sabias a la pregunta ¿cómo está la vida de la gente?
En esta búsqueda de ir por otros caminos en el orden internacional, resulta oportuno poner atención al reciente lanzamiento del libro Gobernanza inteligente para el siglo XXI (Taurus), de Nicolas Berggruen y Nathan Gardels. ¿Por qué es importante? Porque nos dice que la tarea en el mundo de hoy es “encontrar un equilibrio entre comunidad e individuo, libertad y seguridad, humanidad y naturaleza apoyándose en lo que mejor ha funcionado en las democracias liberales y en la civilización institucional china”, según una reseña en España.
Para ambos autores hay cuestiones concretas en ese aprendizaje mutuo: China sabe pensar y planear a largo plazo y ejecutar esos planes con lo mejor de que disponga, tras su larga experiencia en la meritocracia; en Occidente el peso de la próxima elección siempre es muy fuerte. Pero a su vez, en China y otros países asiáticos la tarea es asumir el deber de rendir cuenta, de responder a la sociedad que cada vez -como se dijo en el último Congreso del PCCh- “está con los ojos más encima”.
Hoy es la calidad de vida de la gente la clave para definir la mejor política.