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Valentina Verbal

Liberalismo integral

Valentina Verbal historiadora, investigadora asociada de Horizontal

Por: Valentina Verbal | Publicado: Jueves 13 de junio de 2019 a las 04:00 hrs.
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El pensamiento de Mario Vargas Llosa suele sintetizarse en la expresión liberalismo integral. Y, en efecto, si se leen los escritos políticos del Premio Nobel de Literatura —y especialmente “La llamada de la tribu”— puede constarse que él defiende la libertad en todos los campos de la vida humana, y no sólo en el económico.

De hecho, a los defensores de la libertad meramente económica los llama “algoritmos vivientes”. Asimismo, el lector recordará la “parada de carros” que le hizo a un intelectual de derecha cuando éste pretendía distinguir entre dictaduras “buenas” y “malas”, minimizando por completo (lo que Vargas Llosa le hizo ver) los costos humanos que cualquier régimen autoritario trae consigo.

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Si se miran bien las cosas, el liberalismo en cuanto tal es integral. Y no es que un sector de liberales —los llamados “progres”— así lo crean, capricho mediante. El liberalismo es integral porque la libertad que esta doctrina promueve no se reduce sólo a comprar y vender, sino a la búsqueda de la felicidad sin interferencias externas. Y esta búsqueda de la felicidad, además de la libertad económica o empresarial, puede incluir la adhesión a un determinado equipo de fútbol, la adscripción a una particular confesión religiosa, la decisión de formar una familia (y no exclusivamente heterosexual), o el comienzo de una nueva vida en el extranjero, lo que incluso podría llegar a suponer la adquisición de una segunda nacionalidad.

Pero que el liberalismo sea integral no significa de ningún modo que sea integrista, ya que en su nombre no propone la defensa de determinadas tradiciones culturales, de un particular tipo de familia, de un sentido de la vida, de un horizonte colectivo, etcétera. Si alguien propusiera algo semejante en nombre del liberalismo, sería cualquier cosa menos liberal; sería tradicionalista, conservador, comunitarista o nacionalista, pero en ningún caso liberal.

Lamentablemente, el liberalismo se encuentra hoy rodeado por sectores que dicen defender una supuesta “libertad real”, basada en un fin colectivo al que deberían subordinarse los fines individuales. Pero estos sectores no son liberales. No pueden serlo, aunque se vistan con ropas ajenas. No lo son quienes, por ejemplo, dicen defender la libertad de las familias contra la llamada “ideología de género”, pero que, al mismo tiempo, quieren que el Estado imponga a toda la población una particular concepción de la moral sexual, que coincidentemente es la de ellos mismos. Tampoco lo son aquellos que piden menos impuestos, pero que a la vez defienden el control preventivo de identidad, los toques de queda nocturnos o, incluso, la restauración de la pena de muerte.

El liberalismo tiene una dimensión económica, que vale la pena defender. Pero, sobre todo, tiene una dimensión moral, en el sentido de que, al considerar a las personas como fines en sí mismos y no como meros medios al servicio de fuerzas ajenas, les reconoce a ellas el derecho a ser dueñas de su destino. Es por esa convicción, que comparten los liberales, por la que Vargas Llosa no acepta algunas preguntas ni está dispuesto a ceder frente a ciertos cálculos. Los derechos individuales no se escatiman, y quienes no creen en eso harían bien en salir del clóset y reconocerse como lo que realmente son. Puede que, al menos a ellos mismos, la verdad los haga libres.

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