Karen Poniachik

Estados Unidos debe reformular su política hacia América Latina

Casi todos los países de la región enfrentaron exitosamente la crisis de la que Estados Unidos aún no se recupera y se han convertido en paradigmas a los que Washington haría bien en emular

Por: Karen Poniachik | Publicado: Viernes 19 de noviembre de 2010 a las 05:00 hrs.
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Tuve la oportunidad de exponer en un foro sobre las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, organizado por el Centro de Políticas Hemisféricas de la Universidad de Miami, justo en momentos en que el presidente Obama se encontraba de gira por Asia. Mi tesis fue que el mandatario estadounidense habría regresado a Washington con más logros económicos y comerciales que mostrar si hubiese viajado antes a nuestra región: Brasil, con sus 190 millones de habitantes y boyante desempeño económico, es un mercado tan atractivo como el de India para los inversionistas y exportadores que lo acompañaron mientras que el TLC USA--Colombia enfrenta considerablemente menos obstáculos técnicos y políticos que el que Washington busca reactivar con Corea del Sur (que, pese a los esfuerzos realizados en Seúl, aún continúa estancado).

Pero más importante que eso, Obama perdió la oportunidad política de reimpulsar una languidecida agenda latinoamericana que apunte a establecer una alianza geoestratégica entre Estados Unidos y la región similar a la que China mantiene con las naciones de Asia, Medio Oriente y Africa que integran la llamada nueva ruta de la seda.

Pese a las promesas que Obama hizo al asumir, en el sentido de que iniciaría nueva etapa de colaboración y asociatividad, las relaciones han permanecido estancadas durante los dos últimos años. Y no sólo por los desencuentros en torno al golpe de estado en Honduras, a las fricciones con Brasil por la mediación que éste realizó en la disputa nuclear con Irán o a las delirantes provocaciones de Hugo Chávez. Tres factores adicionales explican este estancamiento: 1) La falta de atención/interés de Washington, cuyo foco ha estado centrado en sus problemas económicos domésticos y, en el ámbito internacional, en Irak, Afganistán y el Sudeste Asiático; 2) El hecho de que varios otras potencias, especialmente China, estén incursionando diplomática y comercialmente con mucha fuerza en la región está llevando a la configuración de una nueva alianza sur-sur que excluye a Estados Unidos; y 3) Una creciente asertividad por parte de algunos países latinoamericanos, bien ganada por lo demás, que sienten que ya no dependen política, económica y financieramente de Washington como solían hacerlo.

La excepción que confirma la regla es México, ya que la discusión en torno a los temas más álgidos de la relación bilateral -inmigración, drogas, crimen- está radicada en el ámbito doméstico y no el del Departamento de Estado. Esto, por lo demás es lo mismo que ha venido sucediendo desde hace décadas con Cuba, relación cuyo eje radica más en lo que piensan los electores del estado de Florida que en los intereses estratégicos de EE.UU.

La política de Estados Unidos hacia América Latina está quedando obsoleta a la luz del reordenamiento geopolítico y económico global. Estados Unidos ya no es el actor hegemónico que solía ser, mientras que América Latina está emergiendo en el concierto internacional como un actor relevante con voz, visión y poder propios. Y también con muchas lecciones que dar: casi todos nuestros países enfrentaron exitosamente la crisis de la que Estados Unidos aún no se recupera y se han convertido en paradigmas a los que Washington haría bien en emular (Chile con su política de responsabilidad fiscal y Brasil con sus programas de reducción de pobreza, por ejemplo).

En ese contexto, Washington debe repensar y reformular su relación con Latinoamérica tal como parece estar haciéndolo con la región del Asia-Pacífico. Eso pasa por reconocer que sus aliados, socios y compañeros naturales están localizados en su propio hemisferio; apoyar con más fuerza el comercio y las inversiones bilaterales; establecer programas de cooperación que vayan más allá de los tradicionales ámbitos de la seguridad y las drogas; e involucrar activamente a otras agencias gubernamentales en la relación (como los Departamentos de Energía y Educación, por ejemplo). También pasa por ofrecerle a Brasilia el mismo apoyo que le brindó a Nueva Delhi para conseguir un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero para ello debería superar la molestia que mantiene a raíz de la postura independiente que Brasil -junto con Turquía, otra potencia en ciernes- asumió en el conflicto con Irán, cosa poco probable mientras Washington continúe insistiendo en que América Latina debe seguir sus mismos lineamientos en materia de política exterior.

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