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Trump: irritante e imprescindible

Juan Ignacio Brito Profesor Facultad de Comunicación e investigador del Centro Signos de la U. de los Andes

Por: Juan Ignacio Brito | Publicado: Viernes 31 de julio de 2020 a las 04:00 hrs.
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Juan Ignacio Brito

Cuesta analizar a Donald Trump. El hombre despierta pasiones que el político ha sabido aprovechar: Trump goza y crece en la controversia, la polarización y la retórica altisonante. En él se ratifica como nunca aquello de que lo peor que puede enfrentar un líder es la indiferencia. Porque Trump no deja a nadie indiferente.

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Sin embargo, demasiado tiempo, ganas y rabia se han gastado en psicoanalizarlo. Menos esfuerzo se ha puesto en constatar qué significa Trump como fenómeno político de larga duración. Puede que pierda en noviembre y se transforme en un one-termer, un Presidente que solo sirve un mandato en la Casa Blanca. Pero ni siquiera eso debería oscurecer el hecho de que él es la señal de que muchas cosas han cambiado.

En materia de política exterior, Trump ha consolidado el fin del orden liberal internacional. Con él, Washington ha perdido el interés por actuar como el policía de un mundo que debía parecerse a Estados Unidos. La superpotencia única ha dejado de serlo: ahora siente el peso de la competencia china; relativiza el compromiso atlántico que le permitió ganar la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría; se desembaraza de los problemas del Medio Oriente; reduce o corta su vinculación con entes y tratados multilaterales como la OMS, la OMC, los Acuerdos de París y el TPP; busca poner fin a su intervención en Afganistán y se retira de Siria.

Hoy EEUU es una potencia que actúa en defensa de sus intereses definidos de manera restringida, no en una misión auto asumida para salvar al planeta. No deja ser curioso que haya muchos que, después de haber reclamado por décadas que Washington abandonara su mesianismo, critiquen ahora a Trump por haberlo dejado de lado. Es que, como se dijo, al analizar a Trump, la mayoría prefiere irritarse con el personaje y pocos se concentran en el fenómeno político y sus alcances.

Lo mismo ocurre a nivel doméstico. Es probable que su crónica incapacidad para generar lealtades le cueste la Presidencia y que, por lo mismo, su eventual derrota tenga que ver más con su personalidad autodestructiva que con su agudeza para detectar un problema social y político grave. Trump ganó en 2016 porque fue capaz de darle voz y causa a un vasto sector de la población al que la élite liberal –republicana y demócrata— había optado por ignorar. La fuerza electoral de esa enorme masa de invisibles le dio la victoria.

Ahora que el Presidente no ha sabido traducir esos apoyos en respaldo político duradero y que la pandemia arrasa con la economía y el empleo, parece que esos votantes le darán la espalda. Pero sería iluso creer que el fenómeno social de abandono y negligencia que Trump identificó en 2016 ha desaparecido en 2020. La postración económica provocada por la desindustrialización, las catastróficas consecuencias del consumo de opioides, la altísima tasa de divorcios, la inquietante prevalencia de la obesidad, la caída en la esperanza de vida de los ciudadanos blancos, la baja en la natalidad, el desplome de la confianza interpersonal y un sinnúmero de otros males ratifican la existencia de un Estados Unidos profundo que sufre y no encuentra representación en una élite política, social y mediática que cree que los problemas del país se agotan en demandas identitarias progresistas, revanchas históricas y el reclamo por una mayor autonomía individual.

Trump puede ser detestado e incluso derrotado, pero no ignorado. Quizás sería mejor entenderlo como el desordenado punto final del viejo orden de posguerra fría y el caótico inicio de una transición hacia algo nuevo e incierto.

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