José Manuel Silva

¿Por qué arreglarlo si no está roto?

Por: José Manuel Silva | Publicado: Lunes 16 de diciembre de 2013 a las 05:00 hrs.
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Los chilenos hemos vivido un último trimestre del año 2013 autoflagelándonos. Reabrimos divisiones y heridas que pensábamos cicatrizadas, cuestionamos la estabilidad de nuestro orden constitucional, pusimos en duda el modelo de desarrollo que ha puesto al país en el umbral del desarrollo. Es cierto, ello muchas veces ocurre en los sistemas democráticos en años electorales.

Tengo mis serias dudas si con la intensidad y unilateralidad en el discurso de lo ocurrido en nuestras latitudes. Me atrevo a decir que entre 1980 y el año 2012 Chile ha sido uno de los países más exitosos de nuestro continente y del planeta. Ello lo refleja bien el Indice de Desarrollo Humano (IDH) de Naciones Unidas. Este indicador tiene la virtud de combinar múltiples subindicadores para reflejar la calidad de vida en una sociedad. En resumen, no sólo considera el criticado PGB per cápita, medida según la cual Chile sí se ubica en primer lugar en dicho período en el mundo occidental (sin contar Asia).

El IDH considera variables como la educación, la salud y el ingreso. En educación se consideran los años de escolaridad y la expectativa de años de escolaridad. En salud, la expectativa de vida al nacer. En ingreso, se toma el per cápita a paridad de poder de compra. Como todo indicador tiene reparos. Sin embargo, sirve para ver tendencias, compararlas entre países y en definitiva, junto a otras mediciones, concluir si un país ha mejorado o no la calidad de vida de sus habitantes en el tiempo.

Según este indicador, Chile es hoy el país de mayor desarrollo humano en América Latina, con un índice de 0,819 (2012), seguido por Argentina con 0,811. Entre 1980 y el año 2012 Chile mejoró este indicador un 1 % anual, Argentina lo hizo un 0,4 %, Venezuela un 0,1 %, México un 0,9 % y Perú un 0,7 %. El crecimiento de Chile es similar al de Portugal y algo superior al de España. En 1980, Chile se ubicaba ligeramente por sobre la mitad de la tabla mundial en este indicador (y estaba detrás de Argentina y Uruguay), hoy lo hace a comienzos del tercio superior.

¿Qué nos hizo ganar posiciones en el planeta? Diría que tres cosas fundamentales: un modelo económico que privilegió la libertad de emprender, el derecho de propiedad y la apertura al mundo; una transición política pacífica a la democracia superando grandes divisiones internas; y un estado de derecho civilizado, apoyado en una Constitución que le ha dado gran estabilidad a la propiedad y los derechos fundamentales de las personas. A su vez, nuestro modelo económico de desarrollo es una mesa de cuatro patas.

Una de ellas es la apertura comercial y financiera al mundo; otra, la estabilidad macroeconómica, garantizada por un banco central independiente (hoy en tela de juicio); otra, el incremento de la productividad vía mercados de factores, en especial el laboral, poco distorsionados y competitivos (sin sindicatos monopólicos); finalmente, el establecimiento de un sistema de ahorro institucional para la vejez (las AFPs y compañías de seguros de vida) que ha permitido al país independizarse de la inestabilidad en los flujos globales de financiamiento y al Estado, equilibrar sus finanzas. Estas cuatro patas están unidas entre sí, si una se rompe, las otras se afectan.

No es raro entonces que aquella minoría de chilenos que sueña con el modelo castro-chavista, permanentemente ataque cada una de estas patas. “No a las AFP, no a las AFP, no a las AFP”, vociferaba Bárbara Figueroa de la CUT, en su discurso del primero de mayo. Su agenda no puede estar más clara. Pocos explican que ello significaría matar el sistema de financiamiento hipotecario para la clase media (quién lo supliría: otra “agencia” estatal), o que el sistema alternativo está matando lentamente a los países desarrollados, o que sin AFPs más de un cuarto del crecimiento económico de Chile hubiese desaparecido (y probablemente una buena parte del alza en el IDH).

Sí es raro que la gran mayoría silenciosa que se ha beneficiado como nunca antes en la historia de este país asista impávida al proceso de demolición cultural y de reconstrucción histórica (who controls the past controls the future, nos decía Orwell en la novela sobre el pensamiento socialista totalitario 1984) por parte de una minoría iluminada. Este es el primer paso para tratar de destruir la fortaleza. Es aún más raro que quienes exitosamente fueron artífices de la construcción de este Chile como nunca antes próspero y estable se hayan tragado el guión igualitario de la minoría.

Como todo proceso de desarrollo, el chileno puede ser mejorado, pero cambiarlo de raíz parece una locura. Las verdaderas preguntas poco se oyeron durante esta campaña electoral, contaminada por la ilusión igualitaria. ¿Tiene el Estado chileno la capacidad de administrar eficientemente más impuestos? ¿Cómo modernizamos cada repartición pública de manera de hacer rendir al máximo los impuestos que sí tienen un costo social en términos de crecimiento? ¿Es razonable el nivel de centralización administrativa de nuestra República? ¿Por qué el modelo federal ha fracaso en Latinoamérica y funciona en Nueva Zelanda, Canadá o Suiza?¿ Se puede saltar al siguiente paso del desarrollo sin modernizar al estado y sin descentralizarlo? Estas son algunas de las verdaderas preguntas que debe hacerse Chile. Si nos obsesionamos con el coeficiente de Gini y la redistribución terminaremos en el mejor de los escenarios como Brasil, con impuestos que representan un 37% del PGB, poco crecimiento, y sin calidad en la educación o la salud y en el peor de los escenarios… mejor ni pensarlo.

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